Noviembre de 2001, Jacob tenía tres años
Con tan sólo tres años,la profesora de Jacob (Jake para los amigos), decidió reunirse con su madre. El tema de la reunión era, ni más ni menos, que quitarle la ilusión por pensar que Jacob aprendería a leer. Ella siempre le compraba tarjetas alfabéticas con pictogramas de colores llamativos en el supermercado. Pero es que Jacob no se separaba de ellas. Las adoraba. Y eso, incomodaba a la profesora que, viendo su discapacidad, decidió dar un paso al frente para frenar lo que ella consideraba como algo desastroso.
«Quizá sea bueno que no se haga muchas ilusiones en lo referente a Jake, señora Barnett. Nosotros tratamos de formarlo para que pueda valerse por sí mismo el día de mañana. Para que aprenda a vestirse sólo, por ejemplo. Quizá sería mejor que no se esforzase tanto en el Jake aprenda el alfabeto». En ese momento, Kristine se dio cuenta de lo limitados que estaban los objetivos de ese colegio de educación especial para Jacob. No confiaban en que el niño aprendiese a leer nunca. Y, a pesar de saber que tenía un alto grado de autismo, ella comenzó a perder la esperanza de que su hijo tuviera una educación normal. Pero, a su vez, se negaba a cerrar el futuro de Jacob de un portazo, tal y como hizo su profesora.
Así, comenzó su plan educativo en casa desatendiendo cualquier consejo profesional. «El instinto me decía que si Jake seguía yendo a esa escuela, todo iría a peor. Quería abrazar la esperanza. Él tenía un talento especial y había que explotarlo de alguna manera. Y, si él quería tener tarjetas alfabéticas de colorines, en lugar de quitárselas, lo que iba a hacer era asegurarme de que tuviera tantas como quisiera».